Los dos primeros submarinos construidos en Chile
Hacia 1866, y según precisa el historiador Francisco Antonio Encina en su “Historia de Chile”: “un enjambre de inventores de torpedos, brulotes, minas eléctricas, buques cigarros (submarinos), casi la totalidad semilocos, asediaban a toda hora al Gobierno chileno, ofreciéndoles sus inventos que destruirían infaliblemente la escuadra española”, que por aquellos días bloqueaba el puerto en el marco de la guerra de Chile y Perú con España. Así fue como se presentaron dos prototipos de submarinos. Uno del ingeniero Gustavo Heyermann, construido en Santiago, que apenas tocó agua se hundió y el del inmigrante Karl Flach, ex marino alemán, el que por ese entonces se desempeñaba en los astilleros Duprat en Valparaíso. Ante la guerra contra España, Flach mostró los planos de un submarino, argumentando que podría atacar por sorpresa al enemigo. La leyenda dice que, al escuchar la idea, el Presidente de entonces, José Joaquín Pérez, preguntó: “¿Y si se chinga?”. ¿Cómo era el submarino? Karl Flach era ingeniero de profesión y había fabricado cañones de retrocarga que eran una novedad para la época y, por último, Alemania era una potencia militar que ya tenía su propio submarino, así que su proyecto fue respaldado y le encargaron la construcción de la nave. Se trataba de un sumergible de 12,5 mts. de largo, 1,5 mts. de ancho, con casco reforzado con capacidad para seis tripulantes provisto de una escotilla de acceso y capaz de alcanzar una velocidad de 2 a 3 nudos. Estaba totalmente hecho de fierro y tenía un peso cercano a las 100 toneladas. Se impulsaba a propulsión humana, con pedales que movían sus dos hélices, y se hundía con un ingenioso sistema de arrastre de pesos de un lado a otro de la nave. Además, contaba con dos cañones y una escotilla. No tenía periscopio, por lo que, cada tanto, debía salir a la superficie para saber si iba en la dirección correcta. Pasadas con éxito las primeras pruebas, su constructor con la más absoluta confianza en su modelo invitó a sumergirse al Presidente de la República, José Joaquín Pérez, quien rehusó diplomáticamente la invitación. Estando todo preparado y dispuesto, el submarino se sumergió para no volver a la superficie, pereciendo todos sus tripulantes. Murieron 10 personas a bordo, entre los que estaba su creador, Karl Flach y su hijo. La rebusca fue inútil durante todo el día y resto de la semana. Nadie vio el reguero de burbujas por donde se les escapaba la vida a esos valientes precursores de la navegación submarina.
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