Armada inicia la restauración de tres históricos faros activos desde el siglo XIX

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Con 4.200 km de costa, además de islas, canales, pasos estrechos y rocas, los faros constituyen una ayuda fundamental en Chile para permitir una navegación segura y expedita. La red de ayuda a la navegación chilena está compuesta por 960 faros y balizas, 132 boyas y 51 equipos electrónicos instalados desde el límite marítimo con Perú hasta el territorio antártico chileno.

En los próximos meses, tres de estos faros -construidos con materiales distintos durante el siglo XIX y en funciones desde hace 149, 121 y 118 años- serán sometidos a una necesaria restauración por parte de la Armada.

Se trata de los faros Punta Caldera (1868), en la Región de Atacama; Isla Mocha (1896), en la Región del Biobío, y Punta Dungeness (1899), en el Estrecho de Magallanes.

La estructura del primero, de tipo piramidal, fue construida íntegramente de madera hace 149 años. Si bien ha soportado el paso de los años, en 1987 se le sometió a un primer proceso de restauración, conservando el pino Oregon y su forma original. Tiene una altura de 18,5 metros y un alcance luminoso de 15 millas náuticas. Se reemplazarán sus escalas de acceso, áreas estructurales y elementos de protección.

El faro de Isla Mocha corresponde a una estructura de concreto de 13 metros de alto. Soporta en su parte superior una luz que alcanza 27 km de distancia y requiere trabajos en su armazón, dañada por los años, así como reforzar su base y cambiar su cúpula.

Por último, el faro Punta Dungeness, ubicado en la boca oriental del Estrecho de Magallanes, consta de una torre de hierro cilíndrica de 25 metros de altura, adosada a una casa blanca con techo rojo donde vive el personal de la Armada encargado de su mantenimiento. Posee un alcance luminoso de 21 millas náuticas y será sometido a carenado, pintado y trabajos de calefacción.

Del total de faros que hay en las costas del país, 19 son habitados. Entre ellos están los que serán sometidos a restauración, cuyo personal relató a «El Mercurio» lo que significa vivir en sectores aislados para cumplir como «guardianes de la luz».

El cabo Claudio Araya llegó hace un mes a vivir al faro Dungeness, donde tiene como vecino a su colega farero Mauricio San Martín. Residen en casas colindantes. «Estoy con mi señora, educadora de párvulos, y mi hija de 4 años. Ella se encarga de enseñarle. A pesar de su corta edad, ya está comenzando a leer y escribir. Recibimos víveres desde Punta Arenas y nuestras esposas se encargan de hacerlos durar», comenta.

San Martín lleva mucho más tiempo en el faro del Estrecho de Magallanes -cuatro años- junto a su esposa y su hijo, que pasó a octavo básico. «El rol de profesora lo cumple mi señora. Para pasar de curso, mi hijo tiene que rendir exámenes libres en Punta Arenas. Lo bueno es que nuestra oficina está al lado de nuestras casas. Nos permite un contacto fluido y cotidiano», explica, destacando ese como el aspecto positivo en la vida de los fareros. Lo más sacrificado, acota, es el invierno. «Debemos permanecer al interior del hogar, porque tenemos nieve casi todo el año», cuenta.

También existen los imponderables. Como le ocurrió en Isla Mocha al cabo Cristián Toledo. «La semana recién pasada vivimos un gran susto con mi familia. El miércoles, una tromba marina azotó nuestra casa con vientos que llegaron a los 150 km/h. Mis hijos, que estaban en el patio, entraron gritando ante la fuerza del viento. Por suerte, salvo los daños materiales, a nadie le pasó nada».


1.143 señales de ayuda a la navegación tiene el litoral nacional, entre ellas 960 faros y balizas.


48% de las ayudas se distribuye en la zona de Punta Arenas y 28% en el área de Puerto Montt.


1837 El 9 de noviembre de ese año, el Presidente José Joaquín Prieto autorizó el primer faro en Valparaíso.

Fuente: El Mercurio